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El buen momento de la economía española y su percepción social

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Se espera que el nuevo año traiga consigo buenas sensaciones, pero habrá que esforzarse para que la inercia expansiva redunde en una transformación del modelo productivo. … En suma, el nuevo año hará más patente la necesidad de acometer reformas e inversiones para consolidar los avances del último trienio, aprovechar las oportunidades del cambio tecnológico y abordar los desequilibrios sociales.

La economía española sigue capeando las calamidades que atraviesan la economía global, desde la guerra arancelaria hasta las vicisitudes geopolíticas, pasando por la crisis industrial que golpea el centro de Europa, con reverberaciones en nuestros mercados de exportación. A falta de conocer los datos del último tramo del año, todo apunta a que el PIB habrá avanzado un 2,9% en 2025, un resultado sensiblemente superior a lo anticipado, y que afianza el liderazgo en relación con las grandes economías europeas. Otra cosa, sin embargo, es la percepción social de la buena marcha de la economía a nivel agregado. 

España 2026. Un año por delante

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Las adversidades internacionales han pasado factura: las exportaciones de bienes se han estancado, mientras que las importaciones, entre las que destacan las que proceden de China, se han disparado. Pero la aportación negativa del sector exterior se ha compensado con el vigoroso pulmón de la demanda interna, impulsado por el shock demográfico — la población se ha incrementado en más de tres millones de personas en el último lustro — y una sorprendente capacidad de integración de la mano de obra extranjera.

El impacto social del avance del PIB

El factor demográfico explica también que el consumo de las familias haya sido el principal pilar del crecimiento del PIB. Esto es, a nivel agregado, ya que en términos per cápita, el avance ha sido mucho más escaso, precisamente porque se reparte entre un número creciente de hogares, y de manera desigual. Así pues, si bien el consumo total se ha incrementado un 6,3% en comparación con la situación anterior a la pandemia, el incremento es solo del 1,6% descontando la inflación y el crecimiento poblacional.

Es más, parte de la clase media puede tener una sensación de retroceso, por la mayor presión tributaria: los impuestos pagados por los hogares han escalado un 23% en términos acumulados desde 2022, descontado la inflación (como consecuencia fundamentalmente de la no deflactación de las tarifas de IRPF). A la inversa, los perceptores de rentas del capital, como dividendos, intereses y alquileres, han sido los más beneficiados por la buena marcha de la economía: las rentas financieras percibidas por los hogares se han incrementado más de un 40% en este periodo.

El desigual avance del poder adquisitivo afecta a la percepción social del actual modelo de crecimiento, basado en la incorporación de nueva fuerza laboral. Y la crisis habitacional amenaza con constreñir la expansión propiamente dicha, ya que el auge poblacional ha traído consigo una tensión en los mercados de vivienda que, además de exacerbar las desigualdades sociales, entorpece la movilidad laboral en la que se sustentan los territorios más dinámicos.

El desafío de la inversión

El comportamiento de la inversión empresarial es otro eslabón débil de nuestro modelo de crecimiento. Las sociedades no financieras han reducido su esfuerzo inversor en comparación con la situación anterior a la pandemia, algo sorprendente en el contexto expansivo que estamos viviendo y habida cuenta del desembolso de un volumen ingente de fondos Next Generation — unos recursos que, sin embargo, sí se han traslado a la inversión de las administraciones —. Las empresas se muestran cautas, prefiriendo acumular activos financieros o reducir su endeudamiento en vez de acelerar sus planes de inversión, algo que sería necesario ante el despliegue de la Inteligencia Artificial. Es un hecho que la ratio de deuda privada sobre PIB ha descendido hasta valores mínimos de la serie histórica.

Si bien una recuperación de la inversión empresarial es tangible en 2025, no parece todavía suficiente para propulsar la productividad hasta cotas consistentes con la revalorización de los salarios y del poder adquisitivo a la que aspira nuestra sociedad.

Perspectivas

Se espera que el nuevo año traiga consigo buenas sensaciones, pero habrá que esforzarse para que la inercia expansiva redunde en una transformación del modelo productivo.

El crecimiento del PIB rondará todavía un 2% en 2026. El retroceso se explica por la moderación del turismo y el menor impulso esperado del crecimiento poblacional, teniendo en cuenta las dificultades que encuentran los trabajadores para encontrar vivienda en los núcleos urbanos más boyantes. 

Se trata, en todo caso, de un resultado positivo, que debería aportar dos buenas noticias: la tasa de paro bajaría del doble dígito por primera vez desde 2007; y las cuentas públicas podrían arrojar un leve superávit primario, es decir, descontando los intereses de la deuda, siendo éste otro hito desde el estallido de la crisis financiera. 

Todo apunta a que también se avanzará en la reducción del doble déficit de vivienda y de inversión empresarial, si bien de manera insuficiente para consolidar la expansión y hacerla más inclusiva y eficiente (o intensiva en productividad). No es descartable que el número de viviendas iniciadas se acerque al volumen de nueva demanda, pero queda por abordar el desequilibrio acumulado que asola el mercado inmobiliario. La inversión empresarial, por su parte, debería mantener la senda de recuperación, si bien se desconoce el impacto que tendrá el fin anunciado de los fondos europeos.

En suma, el nuevo año hará más patente la necesidad de acometer reformas e inversiones para consolidar los avances del último trienio, aprovechar las oportunidades del cambio tecnológico y abordar los desequilibrios sociales.  

Resumen

La economía española crece con fuerza en 2025, apoyada en la demanda interna y el aumento poblacional, pese al contexto internacional adverso. Sin embargo, el avance del bienestar es desigual: el consumo per cápita apenas mejora, la presión fiscal sobre la clase media aumenta y las rentas del capital son las más beneficiadas. La inversión empresarial sigue siendo un punto débil, limitando los avances en productividad y salarios. De cara a 2026, se prevé un crecimiento cercano al 2%, con mejoras en empleo y cuentas públicas, pero con retos persistentes en vivienda, inversión y cohesión social.

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