Este liderazgo no es accidental; es el resultado de dos décadas de inversión intensiva en fibra óptica y de la apuesta de los operadores por una infraestructura robusta y capilar. También en competencias digitales básicas la posición española es relativamente buena: dos de cada tres ciudadanos poseen habilidades digitales elementales, por encima de la media europea. Y en servicios públicos digitales, España figura entre los referentes europeos gracias a la administración electrónica, la interoperabilidad sanitaria y la madurez de los servicios ciudadanos.
Sin embargo, la economía española sigue evidenciando áreas de mejora, ya que la productividad asociada a este proceso de digitalización ha sido modesta. Las empresas han incorporado tecnología, pero en su mayoría en niveles básicos: tres de cada cuatro pymes tienen un nivel digital mínimo, pero sólo el 9% utiliza tecnologías avanzadas como la Inteligencia Artificial (IA), la automatización o la analítica intensiva (vs. 12% en la zona euro), mientras que la velocidad de adopción es más lenta. Y cuando comparamos con Estados Unidos o China, la distancia se vuelve clara: ambos países no solo invierten mucho más en tecnología, sino que han construido ecosistemas completos integrando infraestructura, datos, talento e innovación empresarial. España —y Europa en general— destacan en conectividad y administración digital, pero aún no han logrado que esa base se convierta en crecimiento de la productividad multifactorial.
Para entender esta desconexión entre digitalización e impacto económico, resulta útil analizar la economía digital no como un bloque homogéneo, sino como un sistema compuesto por capas.
La primera capa es la infraestructura física: fibra óptica, 5G, cableado submarino, centros de datos. España es uno de los líderes europeos en esta dimensión: tiene una red moderna, extensa y competitiva. Es la parte visible del progreso digital, la que facilita que ciudadanos y empresas estén conectados.
La segunda capa es la infraestructura lógica o programable, la economía digital oculta. Aquí se encuentra la arquitectura de datos, la interoperabilidad, los servicios cloud avanzados, el edge computing, la virtualización de red y los mecanismos que permiten automatizar procesos, integrar sistemas y orquestar servicios. Esta capa es la menos visible y la menos comprendida, pero es la que determina si un país consigue transformar conectividad en productividad. Y es precisamente en esta capa donde España muestra más margen de desarrollo: baja adopción de cloud avanzado, escasez de automatización profunda, fragmentación de datos entre administraciones y empresas y una escasez de talento TIC. La infraestructura existe, pero la capacidad para convertirla en valor económico está incompleta.
La tercera capa la forman los servicios digitales visibles: administración electrónica, banca digital, comercio electrónico, soluciones sectoriales. España progresa bien en estos ámbitos, especialmente en servicios públicos y en adopción ciudadana, aunque buena parte de los servicios empresariales siguen estando orientados a digitalizar trámites más que a rediseñar procesos.
La cuarta y última capa se refiere a los usos avanzados de la tecnología: IA aplicada -incluyendo capacidades de entrenamiento, inferencia y modelos de procesamiento gráfico-, gemelos digitales, comunicación y computación cuántica, automatización industrial avanzada y tokenización, entre otros. Aunque España participa en estas tendencias globales, su grado de madurez aún es limitado y requiere reforzar su ecosistema tecnológico, su capacidad de inversión y la adopción empresarial para convertir estas innovaciones en crecimiento de la productividad.
Sobre estas capas operan además una serie de servicios transversales -ciberseguridad, confianza digital, protección de datos, cumplimiento y gestión del riesgo- que garantizan que todo el sistema funcione de forma segura, responsable y alineada con los estándares europeos.
Con esta lectura en capas, la paradoja española se aclara: hemos construido una primera capa sobresaliente y una tercera en evolución, pero la segunda, que conecta ambas y activa la productividad, está insuficientemente desarrollada. Informes recientes ofrecen un respaldo cuantitativo a este análisis, al apuntar que el valor añadido bruto digital ya supera el 20% del PIB español y que explica más de un cuarto del crecimiento reciente. Pero el impacto sobre la productividad sigue siendo limitado porque la digitalización avanzada, la que reside en la capa 2 y habilita la capa 4, todavía está lejos de su madurez necesaria. Digitalizamos mucho, pero menos donde es más transformador.
Por lo tanto, el elemento clave es la transformación de esa capa oculta, y para ello se requieren actores capaces de operar sobre ella a escala nacional. E iniciativas que la fortalezcan y modernicen para que se convierta en un activo productivo existen, pero deben escalarse y utilizarse intensivamente. Por ejemplo, Open Gateway, que convierte la red en una plataforma programable mediante aplicaciones globales estandarizadas, permitiendo que sectores como la banca, el turismo o la logística integren capacidades avanzadas de red (verificación, identidad, localización, calidad de servicio) sin desarrollarlas por sí mismos. La inteligencia artificial aplicada a redes, que aumenta la eficiencia, autonomía y sostenibilidad de la infraestructura, reduciendo costes y mejorando la resiliencia. Y la combinación de edge computing e identidad digital, que permiten habilitar modelos de negocio que requieren baja latencia, alta seguridad y trazabilidad avanzada.
El posicionamiento de España y Europa ante la oleada tecnológica determinará el éxito de esta década digital. Ambas han avanzado en términos legislativos, pero necesitamos acelerar la inversión, la financiación, desarrollar un ecosistema potente (privado-público-universidad) y afianzar el talento para no quedar rezagados frente a Estados Unidos y China. Y, sobre todo, es necesario desarrollar capacidades tecnológicas propias, que nos permitan gozar de una autonomía estratégica y eviten que seamos dependientes de Estados Unidos y China.
España, con su fortaleza en infraestructura física y servicios públicos, tiene una oportunidad real de liderar la inteligencia artificial aplicada: turismo inteligente, industria avanzada, logística portuaria, gestión del agua o sanidad digital son ámbitos donde el país puede escalar soluciones propias. Si lo aprovechamos las fortalezas, reforzamos las debilidades y aceleramos en la adopción de tecnologías avanzadas, podremos transformar la digitalización en un motor para la productividad. La oportunidad está a nuestro alcance.