En este escenario de desregulación, desglobalización y desorden, ignorar la realidad internacional no es una opción. Es una mala decisión, un riesgo estratégico que afecta a la cuenta de resultados. La geoestrategia no es un paseo turístico por las zonas en conflicto, la enumeración de los accidentes geográficos o la comprensión de las demandas de la generación Z por un futuro mejor. Antes, al contrario, consiste en incorporar la variable política a la elección de un socio comercial, la firma de un contrato de suministro y transporte, la apertura de una fábrica o la pérdida de control sobre el know-how y la propiedad intelectual.
La geoestrategia consiste en señalar los riesgos. La relocalización industrial, el cambio demográfico, la inestabilidad de los mercados, la transición energética o la digitalización no se entienden sin un análisis de las alianzas internacionales, la cooperación público-privada, las mega-tecnológicas, la competencia, el acceso a y el precio, de las materias primas y la fragmentación de los mercados. Sin embargo, las oportunidades nacen donde los competidores solo ven incertidumbre. Veremos la firma de nuevas alianzas y acuerdos comerciales, el pass through de precios por parte de las marcas líderes, la creación de hubs logísticos y centros de distribución cercanos, el impulso de nuevas formas de energía (¿será el año del hidrógeno verde?), la reindustrialización local, la vinculación entre seguridad y productividad, la flexibilidad fiscal para impulsar las tecnologías duales, la innovación en agricultura, o el valor del cumplimiento normativo europeo en materia de ciberseguridad.
Comprender el mapa político global requiere de un GPS, un instrumento directivo que aúne geopolítica, prospectiva y cambio social. El liderazgo empresarial—dónde invertir, con quién asociarse, de qué países salir o cómo diversificar mercados— está condicionado por las tensiones entre viejas y nuevas potencias, que fusionan energía, tecnología y comercio. Los equipos que desarrollan sus herramientas de inteligencia geopolítica adquieren un nuevo tipo de ventaja competitiva: toman decisiones informadas sobre materias primas o energía, fortalecen la resiliencia de las cadenas de suministro y las rutas comerciales, protegen la reputación ante consumidores e inversores y, sobre todo, anticipan escenarios que podrían redefinir su posición en el mercado.
En 2026, veremos una aceleración de la geoestrategia empresarial. Los primeros indicios son ya visibles. Se han multiplicado las unidades de riesgo geopolítico para monitorizar la actualidad global y su impacto aplicado en la empresa. Señalar los riesgos propios y el grado de exposición es una herramienta para revelar nuestra vulnerabilidad. Ha crecido la demanda de formación ejecutiva para conocer las ideas que mueven el mundo. Las escuelas de negocio multiplican las jornadas, los eventos y los contenidos. Se han creado indicadores de cumplimiento normativo en materia de sanciones y control de exportaciones. Es una prevención legal, pero también un mecanismo de reputación corporativa para evitar conflictos en la opinión pública. Se ha empleado la inteligencia artificial para explorar tendencias en redes sociales, pero también en la bolsa o en los medios. La prospectiva maneja los big data con una mirada política. Se ha cambiado la narrativa: la geoestrategia condiciona la internacionalización. En síntesis, cuando un conflicto interrumpe el transporte marítimo en el mar Rojo, una sanción altera el acceso a materias primas o un cambio de gobierno redefine las reglas fiscales, las empresas están en primera línea.
Por eso, navegar en el nuevo orden requerirá información de calidad, criterio profesional y visión estratégica. En un mundo interconectado e inestable, la cultura de incertidumbre geopolítica es la única práctica segura. Entender el mundo que viene – y que ya está aquí- significará dirigir con responsabilidad.