Este nuevo paradigma representa una transformación estructural y no coyuntural. Es el producto de fuerzas económicas, geopolíticas y tecnológicas que, en los últimos años, han acelerado significativamente, empujando al sistema internacional hacia nuevas formas de agregación y competencia. La interdependencia no desaparece, pero cambia de forma y se reorienta sobre nuevos ejes. Ya no solo cadenas globales de valor, sino cadenas continentales de valor; ya no competencia difusa, sino competencia entre bloques.
El primer factor que ha alimentado esta tendencia es de naturaleza económico-comercial. En los últimos años hemos asistido a una proliferación de aranceles, barreras y medidas de protección adoptadas inicialmente por Estados Unidos y luego replicadas en otros lugares. Las consecuencias han sido inmediatas: una dinámica de reacciones en cadena que ha hecho progresivamente más difícil y costoso el comercio internacional. El regreso a una lógica de aranceles no es un simple paso atrás, sino el síntoma de un cambio más profundo. La idea de que la seguridad económica está por encima de la eficiencia económica, y que esta seguridad solo puede garantizarse si el perímetro de referencia ya no es global, sino continental.
El segundo factor es geopolítico. La invasión rusa de Ucrania ha representado un punto de inflexión, pero no es la única crisis relevante. Conflictos latentes o reavivados en Oriente Medio, el Cáucaso, el Sahel, el Mar de China Meridional, junto con las tensiones permanentes en la península coreana, muestran un mundo en el que las tensiones no son episódicas, sino sistémicas. La percepción de inseguridad es global y afecta profundamente a la opinión pública. Este clima favorece respuestas políticas orientadas al cierre, la protección y la voluntad de reducir las vulnerabilidades externas.
El tercer factor es tecnológico. La revolución digital, la inteligencia artificial, la robótica, la ciberseguridad y la energía verde se han convertido en áreas estratégicas en las que ningún país quiere depender de proveedores lejanos o de cadenas de valor expuestas a riesgos geopolíticos. Cada continente – o, mejor dicho, cada gran bloque – compite por construir una autonomía tecnológica. No se trata solo de innovar, sino de hacerlo de manera “protegida”, con infraestructuras, patentes y competencias que permanezcan dentro del perímetro continental.
Este conjunto de dinámicas está produciendo un cambio que tendrá efectos duraderos. Uno de los riesgos más evidentes es el de una depresión económica estructural. De hecho, la continentalización reduce la competencia, complica las cadenas de suministro y ralentiza la innovación si no va acompañada de verdaderas políticas de integración interna. Por esta razón, será fundamental entender cómo cada continente sabrá reforzar su cohesión interna.
La trayectoria de tres grandes bloques ilustra bien esta dirección.
En Europa, la respuesta pasa por acelerar la integración. La decisión del Consejo Europeo de octubre de 2025 de fijar 2028 como fecha para completar el mercado único en sectores clave como energía, conectividad y mercados financieros, representa un paso histórico. Si Europa quiere ser un actor de la continentalización, primero debe completarse a sí misma. Sin un verdadero mercado único, la Unión no podrá competir con Estados Unidos y China ni garantizar a sus ciudadanos seguridad económica, capacidad industrial y autonomía estratégica.
En China, el presidente Xi Jinping lanzó este verano un plan para una integración total del mercado interno chino. A partir de 2026, se espera que este proyecto produzca una profunda reorganización industrial y tecnológica en China, con un potencial de impacto muy significativo.
En Estados Unidos, el paradigma “America First”, retomado en diferentes formas en los últimos ciclos políticos, ha centrado la atención en el mercado interno, con políticas industriales y comerciales que buscan principalmente proteger los sectores estratégicos y el retorno de la producción al país.
El 2026 será un año crucial. Será un año clave de esta nueva fase de la globalización. Una globalización que no desaparece, sino que cambia de forma; que no se desvanece, sino que se recompone en nuevos equilibrios entre los continentes. Comprenderla, gobernarla y transformarla en una oportunidad requerirá visión política, liderazgo y, sobre todo, la capacidad de construir consenso en torno al esfuerzo colectivo de la integración continental.
La continentalización es una transición que contiene en sí el riesgo de cierre y declive, pero también la posibilidad de cohesión y relanzamiento. Será la calidad de nuestras decisiones y el coraje con que las tomemos, lo que determinará en qué dirección avanzará la historia.