La política energética siempre ha tenido que buscar el equilibrio entre la seguridad del suministro y el coste del mismo. En un mundo alineado, en el que la política de bloques recupera su protagonismo y, además, la tradicional alianza de Europa con Estados Unidos se transforma en contingente, la seguridad de suministro adquiere una trascendencia que hasta la guerra de Ucrania no tenía. Este es quizás el perfil extrínseco más relevante que condiciona la transición energética, aunque en este caso sea posible hablar de coincidencia de objetivos, dado que, una vez desarrolladas las instalaciones eólicas y fotovoltaicas, su suministro eléctrico no depende de ninguna importación de combustible. El sol y el viento, además de gratis, no están sujetos al arbitrio de ninguna potencia extranjera.
El renovado protagonismo de la seguridad energética conduce la discusión a la electricidad nuclear. Una vez más, deberíamos buscar la respuesta en la rentabilidad de las posibles inversiones. Los nuevos reactores franceses, de hasta 1.600 MW, construidos en Finlandia, Francia y Reino Unido -este último sin terminar- generan electricidad a un coste cercano a los 150 euros por MW. Los nuevos reactores modulares, de producción en serie y pequeño tamaño, parecen de momento capaces de producir a unos 120 euros. Las viejas centrales, construidas entre los años ochenta y noventa del siglo pasado, pueden producir a un coste entre 40 y 50 euros, coste competitivo con una planta fotovoltaica hibridada con una batería. La respuesta parece obvia: no cerrar las viejas centrales y ser más que prudente, sobre todo con el dinero público, con los nuevos desarrollos nucleares. Una tecnología disponible lo es cuando es segura y rentable. Disociar ambas características suele conducir al error.
La electrificación, con plazos más dilatados de los pretendidos hasta ahora por los reguladores europeos, acabará siendo la realidad predominante de nuestro panorama energético, pero, en lugar de preocuparnos por plazos perentorios de todo orden, deberíamos hacerlo por alcanzar lo antes posible un sistema eléctrico descarbonizado y competitivo y por conseguir que todas aquellas tecnologías que deban convivir con la electricidad lo hagan al menor coste posible.