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Resiliencia económica ante un mundo en plena reconfiguración

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Durante 2026 la economía mundial seguirá reflejando su resiliencia a pesar de los elevados niveles de volatilidad e incertidumbre, por lo que será clave que no emerjan nuevas tensiones comerciales y geopolíticas, u otros riesgos asociados a la sostenibilidad presupuestaria de las economías avanzadas, al impacto de la IA sobre el mercado laboral, y a las consecuencias de la polarización social sobre la toma de decisión de los gobiernos, entre otros

El mundo se encuentra en plena transición a medida que se desdibuja y pierde vigencia el orden mundial desplegado tras la II Guerra Mundial, y no han surgido de forma nítida las nuevas reglas de gobernanza que marcarán las relaciones internacionales y la senda de crecimiento socioeconómico de las próximas décadas. En un contexto en el que 2025 ha confirmado la apuesta de EE. UU. y de China por el uso del poder geoeconómico como arma para alcanzar sus objetivos clave. Así, mientras que la Administración Trump ha optado principalmente por el arancel como instrumento para redefinir las relaciones comerciales, impulsar su soberanía estratégica y reforzar su rol de potencia hegemónica, el Gobierno de Xi Jinping ha utilizado el control de las exportaciones de tierras raras o de semiconductores para constatar su creciente posición de dominio en ámbitos críticos para la sociedad y la economía mundial.

España 2026. Un año por delante

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De ahí que los elevados niveles de volatilidad y de la incertidumbre serán una constante en la toma de decisiones del sector privado, especialmente para las empresas que deberán analizar escenarios geoeconómicos alternativos. Si bien, en 2026 el protagonismo se centrará especialmente en la evolución de las tensiones comerciales, en el proceso de reconfiguración del orden mundial y en las transformaciones tecnológicas asociadas a la IA y a otras innovaciones disruptivas.

En un entorno mundial en el que también se están produciendo profundos cambios demográficos, con más de un 50% de los países mostrando una tasa de fertilidad inferior a la de reemplazo (2,1 hijos por mujer), y en el que será clave seguir avanzando en el desarrollo de un mix energético que ofrezca seguridad, estabilidad, eficiencia y descarbonización. Es decir, ante la reconfiguración de las cadenas de valor, la robotización o el despliegue de la IA, la creciente electrificación requerirá de un mayor protagonismo del suministro de fuentes renovables y de un mayor peso de la energía nuclear.

Así, 2026 será un año definido por la gran reconfiguración del orden mundial, en el que previsiblemente EE. UU. y China apostarán, a corto plazo, por una gobernanza global bipolar, fijando sus áreas de influencia económica, comercial, financiera, tecnológica y de seguridad. Es decir, la tregua comercial por un año alcanzada por ambas potencias es de carácter táctico ante la debilidad de la demanda interna y los retos que afronta el sector industrial exterior de China, y la necesidad de la Administración Trump de frenar la pérdida de popularidad sobre su gestión económica de cara a las elecciones de Mid Year.

Por ello, previsiblemente este año la Administración Trump y el Gobierno de Xi Jinping tratarán de seguir evitando un choque directo que tendría elevadas consecuencias económicas nacionales y mundiales. No obstante, las tensiones comerciales entre ambos países seguirán latentes, confirmando que solo representan la punta del iceberg de un enfrentamiento real más complejo para lograr una posición de dominio en las cadenas de suministro críticos, en las tecnologías disruptivas, en el diseño de las normas y estándares globales y, con ello, ser la potencia hegemónica de esta nueva era.

En un entorno en el que el presidente Xi Jinping afrontará a lo largo de este año un complejo trilema ante la dificultad de alcanzar de forma simultánea sus objetivos de soberanía estratégica, liderazgo tecnológico y crecimiento económico sostenible, con un trasfondo enmarcado por el arranque del 15º Plan quinquenal centrado en superar a EE. UU. en los denominados activos de seguridad nacional (códigos IA, datos, tierras raras, semiconductores, defensa, etc.). Por ello, en una coyuntura interna condicionada por elevados niveles de endeudamiento total, presiones deflacionistas y deterioro de los márgenes empresariales, las necesidades financieras de China para alcanzar una plena autonomía estratégica y, paralelamente, erigirse en líder tecnológico global, podrían reducir su capacidad para crear las bases de un modelo de bienestar social real. No hay que olvidar que las perspectivas económicas de la potencia asiática se verán también afectadas a corto y medio plazo por la pérdida y el envejecimiento de la población, el reducido peso del consumo de los hogares (40% del PIB) o la prolongada crisis inmobiliaria que sufre el país desde 2021.

Paralelamente, la Administración Trump tratará de acelerar los planes de soberanía estratégica. De esta forma, en 2026 la economía de EE. UU. registrará un impulso de la inversión asociado a los activos de seguridad nacional. Y, en menor medida, a los compromisos de inversión adquiridos con la UE, Japón o Corea del Sur, y la decisión de las compañías internacionales de reforzar o crear nuevos centros productivos en la primera potencia mundial.

Junto a la resiliencia de la inversión, el crecimiento de los salarios reales y las rebajas fiscales del proyecto de Ley presupuestaria (One Big Beautiful Act) que entrarán en vigor en 2026, serán también clave para mantener la demanda de los hogares estadounidenses. De ahí que, en el escenario base, previsiblemente el crecimiento del PIB de EE. UU. se estabilice en torno a un 2,0% anual.

Mientras que tras mostrar la Eurozona su resiliencia económica frente al “shock arancelario MAGA”, el bloque monetario europeo tendrá que hacer frente en 2026 al “shock chino” derivado del intento de la potencia asiática de redirigir su sobrecapacidad industrial a los mercados del viejo continente, o de su dominio tecnológico en cada vez un mayor número de sectores de alto valor añadido. Todo ello en un entorno en el que el continente europeo muestra un claro retraso en el desarrollo de tecnologías disruptivas respecto a EE. UU. y China como consecuencia de la fragmentación del mercado, la menor escala empresarial y la elevada regulación, por lo que sólo cuenta con fortalezas tecnológicas puntuales en lithography, IA ética, o fotónica cuántica.

A pesar de este escenario, el ritmo de crecimiento de la Eurozona podría situarse en un 1,2% anual en 2026, apoyado en el mayor dinamismo de la actividad en Alemania a medida que el Gobierno de Merz despliegue los planes de inversión comprometidos y realice las reformas necesarias para reducir los costes energéticos, laborales y burocráticos que erosionan también la competitividad de su tejido empresarial. De ahí que la capacidad de la primera potencia europea de impulsar la actividad será crítica para las perspectivas de Francia, Italia e, incluso, España. En un contexto en el que previsiblemente el BCE no realice cambios en su política monetaria, frente a los recortes de tipos de interés oficiales de la Fed en EE. UU.

Un año en el que la economía mundial seguirá reflejando su resiliencia a pesar de los elevados niveles de volatilidad e incertidumbre, por lo que será clave que no emerjan nuevas tensiones comerciales y geopolíticas u otros riesgos asociados a la sostenibilidad presupuestaria de las economías avanzadas, a la futura independencia de la Fed, al impacto de la IA sobre el mercado laboral y a las consecuencias de la polarización social sobre la toma de decisiones de los gobiernos, entre otros. Sin olvidar que el futuro de Ucrania determinará la estabilidad y seguridad del continente europeo, y que China seguirá intentando reescribir el orden mundial surgido tras la II Guerra Mundial con la mirada puesta en Taiwán. 

Resumen

El orden mundial posterior a la II Guerra Mundial se debilita, dando paso a una etapa marcada por la rivalidad geoeconómica entre EE. UU. y China.
Ambas potencias usan el comercio, la tecnología y las cadenas de suministro como instrumentos de poder, elevando la incertidumbre global.
En 2026 se perfila una gobernanza bipolar, con crecimiento moderado en EE. UU. y la eurozona, y fuertes tensiones latentes.
La transición tecnológica, demográfica y energética será clave para el crecimiento y la estabilidad futura.

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