Macrotendencias globales 2026
En 2026 veremos nuevas normas y estándares para hacer negocios. Los responsables públicos profundizarán su intervención para dirigir la actividad económica dentro de sus fronteras y en las relaciones transfronterizas. Este impulso prolongará la tendencia de autonomía estratégica ya visible en 2025, con el Estado reforzando su papel en los mercados. A la vez, se consolidará el foco en la cadena de valor de la inteligencia artificial (IA) como palanca estratégica para la competitividad y la seguridad.
La geopolítica de la escasez se intensificará: la competencia por recursos críticos —minerales estratégicos, agua y capital— será más dura, con implicaciones en industria, energía y tecnología. Tras décadas de optimización por coste y eficiencia (just in time), el criterio dominante ha pasado a ser la reducción del riesgo geopolítico y la resiliencia de operaciones y cadenas de suministro (just in case). Este giro seguirá impactando en la planificación de inversiones, la localización productiva y la gestión del riesgo operativo en múltiples sectores.
La combinación de explosión demográfica, oportunidades económicas insuficientes, retos climáticos y conflictos elevados en algunos países en desarrollo impulsados por una generación Z en busca de oportunidades seguirá empujando a más personas a migrar. Al mismo tiempo, en la mayoría de países desarrollados el envejecimiento demográfico seguirá exigiendo atraer trabajadores foráneos a sus mercados laborales, generando tensiones sociales que están propiciando reformas migratorias restrictivas (por ejemplo, en EE. UU.) que pueden agravar la inestabilidad socio‑política y el acceso al talento en ciertos mercados.
El tablero global tendrá cuatro regiones clave donde se desplegarán estas dinámicas: Norteamérica, Asia‑Pacífico, Europa y Oriente Medio. En paralelo, América Latina y África ganarán relevancia geopolítica y geo‑económica como productores de minerales críticos, al tiempo que numerosos países afrontarán desafíos de legitimidad y resiliencia interna asociados a la polarización, las protestas juveniles y la desinformación.
El papel de Estados Unidos y el reajuste global. Bajo la actual administración, las reglas y normas, tanto dentro de EE. UU. como en el sistema global, están cambiando rápidamente. La reacción de China, la UE y otros actores a esta postura, mientras siguen moldeando sus agendas, reconfigurará el entorno operativo global y generará retos y oportunidades para las organizaciones, influyendo en cómo gestionan riesgos, gobiernan y definen estrategia.
Economía internacional
En este marco global, la economía internacional seguirá mostrando resiliencia, en un contexto de moderada desaceleración —en torno al 3% de crecimiento interanual del PIB en 2026— pese a los niveles elevados de volatilidad e incertidumbre. Será crucial que no emerjan nuevas tensiones comerciales o geopolíticas, ni riesgos asociados a la sostenibilidad presupuestaria de las economías avanzadas, al impacto de la IA sobre el empleo y su rentabilidad, a la financiación no bancaria, y a las consecuencias de la polarización social.
El área del euro encara un panorama internacional complejo en 2026. Factores como los mayores aranceles, un euro fortalecido y una competencia global más intensa limitarán el crecimiento, que se situará entre un 1% y un 1,2%, ligeramente inferior al estimado para 2025 (alrededor de 1,3%). Una tendencia que debería ser revertida en la medida en que sea desplegada la agenda reformista impulsada en los informes Letta y Dragui: integración de mercados financieros; culminación de la unión de mercado de capitales y la unión bancaria, y ejecución con celeridad la hoja de ruta de competitividad. Solo así podrá enfrentarse a retos persistentes —envejecimiento, productividad baja, transiciones digital y climática— y recuperar tracción frente a otras economías.
España
En este contexto, la economía española, tras cerrar 2025 creciendo un 2,9%, muy por encima de lo previsto inicialmente y más del doble de la UE, se prevé que progrese más de un 2% en 2026, avanzando hacia un modelo de crecimiento más sostenido y equilibrado, con capacidad para transformar estructuralmente sus pilares. Ese avance, sin embargo, no está garantizado: debemos elevar el potencial de nuestras empresas, eliminar cuellos de botella —garantizando que las infraestructuras físicas acompañan el ritmo del crecimiento— y asegurar que los frutos de ese progreso se distribuyen a toda la sociedad, consolidando el apoyo a este modelo.
Por lo que respecta al mercado de trabajo, tras un 2025 mejor de lo esperado, las previsiones de crecimiento y empleo para 2026 siguen superando la media europea. Pero preocupa que la acumulación de costes regulatorios (cotizaciones, rigideces, presiones salariales) penalice la creación de empleo a medio plazo, en un contexto de escasez de mano de obra en determinadas ocupaciones. La mejora de la productividad —en plena disrupción tecnológica liderada por la IA generativa— sigue siendo la gran asignatura pendiente para sostener nuestro Estado del bienestar.
En el ámbito de la transformación digital, España posee una oportunidad real de liderar la IA aplicada en sectores donde contamos con fortalezas: turismo inteligente, industria avanzada, logística portuaria, gestión del agua y sanidad digital. Si aceleramos la adopción de tecnologías avanzadas, reforzamos nuestras debilidades y escalamos soluciones propias, la digitalización se convertirá en un motor decisivo de productividad para empresas y administraciones.
Por su parte, la transición energética debe concebirse —más que como sustitución instantánea— como un proceso de adición de capacidad limpia, de redes robustas y de tecnologías eficientes, apoyado por cadenas de suministro resilientes y acceso a minerales críticos. Esa visión pragmática nos permitirá reducir emisiones sin comprometer la seguridad económica y la competitividad del tejido productivo.
En este contexto, destaca, de cara al año que entra, una importante restricción al crecimiento y al bienestar social; la escasez de vivienda. España construye hoy 2,5 viviendas por cada mil habitantes frente a las 14 de 2006‑2008; un mercado equilibrado debería situarse entre 3 y 5. Necesitamos más suelo, una regulación más ágil y una carga impositiva menos intensa para activar oferta accesible y responder a la demanda real, especialmente en grandes áreas metropolitanas.
2026 será el año de la ejecución decisiva del Plan de Recuperación y Resiliencia. La simplificación del plan y la reorientación hacia inversiones maduras aumentan la probabilidad de finalización antes de agosto de 2026 y exigen coordinación estrecha entre autoridades nacionales, regionales y locales. Este esfuerzo de inversión pública puede convertirse en palanca duradera de competitividad, resiliencia y modernización económica si la ejecución es rigurosa.
La brecha entre los resultados macroeconómicos y la percepción ciudadana es sintomática de lagunas en nuestro modelo productivo, caracterizado por el escaso crecimiento de la productividad. Entre tanto, durante los últimos cinco años, la renta per cápita apenas ha avanzado en torno a un 1%, casi cinco veces menos que el PIB, evidenciando la necesidad de elevar el rendimiento social de nuestro crecimiento económico. Lo cual, en adelante, habrá que conseguirlo con menos apoyo presupuestario y en un contexto de incertidumbre, fragmentación parlamentaria e inicio de un ciclo electoral indefinido.
La empresa en 2026
Todo un reto para una economía con un tejido productivo que, en 2026, seguirá centrando sus estrategias empresariales en adaptar sus operaciones al complejo escenario internacional; digitalizar sus procesos —muy especialmente a través de los extraordinarios avances de la inteligencia artificial generativa—; avanzar en la innovación de sus productos y servicios; evolucionar sus modelos de negocio; controlar sus costes energéticos, financieros y laborales; alimentar y atraer el talento y reforzar su digitalización; garantizar sus cadenas de suministro y logística impulsando la autonomía estratégica de nuestro tejido productivo, y hacer frente a las ciberamenazas al tiempo que aumenta su creciente compromiso empresarial con la sostenibilidad medioambiental y social. Grandes desafíos para el liderazgo empresarial.
Desafíos comunes que deberá afrontar todo el tejido productivo, a los que se suman otros dependiendo de sus respectivas prioridades sectoriales: garantizar el acceso a mano de obra y la sostenibilidad y transformación digital del sector de la construcción; la autonomía estratégica y la descarbonización en el sector industrial; la innovación en la operatividad fiscal y financiera en el sector bancario; la incertidumbre regulatoria y competencia internacional en el sector de la automoción; la sostenibilidad del sistema de salud; la desestacionalización y diversificación del sector del turismo; el aumento de especialización en los servicios profesionales; la mejora de la eficacia y eficiencia de las Administraciones Públicas; la innovación y emprendimiento en la empresa familiar, etc.
En tiempos de incertidumbre surgen innumerables oportunidades. La clave estará en la capacidad de las empresas para adaptarse y responder de manera efectiva a los desafíos que se presenten fortaleciendo su resiliencia, renovando su gobernanza y ajustando su estrategia a un mundo que cambia sus reglas y su mapa de riesgos. Con un enfoque humanista, más necesario que nunca en estos tiempos de inteligencia artificial, preparémonos para las dificultades que sin duda nos llegarán y pongámonos manos a la obra para aprovechar todas las oportunidades que nos brinda este año 2026.
Publicado en Expansión