Tampoco los agentes políticos ayudan a dar estabilidad a la economía. Los partidos han roto con la diplomacia y el consenso. Se han doblegado a la inmediatez de las nuevas directrices comunicativas y han abandonado la política de pactos, la que mira al medio y largo plazo y permite trazar las hojas de ruta necesarias en el ámbito empresarial.
En Aragón no somos ajenos a estos riesgos. Ni a los geopolíticos, ni a los que se derivan del comportamiento de nuestros dirigentes. Por ello, cualquier previsión que hagamos hoy sobre lo que nos depara este 2026 puede resultar un disparate en cuestión de días. Dando esto por sentado, lo cierto es que podemos mirar al futuro con optimismo.
No podemos dejar de hablar de las inversiones anunciadas en la región cuando analizamos los factores que nos permiten mirar hacia adelante con optimismo. Si el año pasado, en estas mismas fechas, las inversiones anunciadas ascendían a 40.000 millones de euros, doce meses más tarde son ya 70.000 millones de euros. Nos hemos acostumbrado a leer y escuchar cifras millonarias y quizá hemos perdido la perspectiva. Tal vez ayude saber que la totalidad del PIB aragonés en 2024 fue de 46.674 millones de euros. Las inversiones anunciadas son, por tanto, casi el doble del PIB generado en un año. Y esto se torna todavía más esperanzador si consideramos que parte de estos proyectos serán liderados por empresas de capital aragonés.
Precisamente, la empresa familiar aragonesa es el segundo de los factores por los que mirar al futuro con confianza. Tenemos un tejido empresarial aragonés fuerte y asentado en el territorio. El 90,6% de las mercantiles registradas en Aragón son empresas familiares, emplean al 74,1% de los trabajadores del sector privado y aportan el 71,6% del VAB. Además, la tasa de supervivencia es del 80% y dos tercios pertenecen a un solo accionista. Existe un intangible que no se puede valorar pero que tampoco se puede cuestionar: el arraigo con el territorio y la riqueza que se genera en la región donde están los órganos de decisión.
Terminaré estos factores de optimismo hablando de empleo. Si bien es cierto que asistimos a un momento en el que la captación del talento es un reto para las empresas, tener una tasa de paro por debajo de la media nacional, en torno al 8%, es algo que como región y comunidad no debemos dejar de celebrar.
Pero congraciarnos de los éxitos no nos ayudará a construir un futuro próspero, atender los retos sí.
La balanza comercial de Aragón muestra luces rojas. Solo en los ocho primeros meses del 2025, las exportaciones en nuestra región cayeron un 12%, muy por encima de la media española (0,3%). Y es interesante desgranar lo que más impacta a Aragón. Un primer análisis invitaría a pensar que se debe a las consecuencias de la política arancelaria de Trump, pero la realidad es que si bien todo lo que suceda en EE. UU. es importante, no debemos olvidar que solo el 1,7% de nuestras exportaciones son a EE.UU. El motivo que explica, principalmente, el mal comportamiento de nuestra balanza comercial es que nuestros principales socios comerciales, Francia y Alemania, nos compraron menos: no seremos ajenos, por tanto, a la evolución preocupante de estas dos economías. Empresas e instituciones deberían pensar en alternativas comerciales con las que paliar esta pérdida de negocio exterior.
Tampoco el PIB de nuestra región se comporta de manera halagüeña, salvo sorpresas de última hora, cerrará por debajo del PIB de la mayor parte de las regiones de España. Como en el punto anterior, un análisis superficial llevaría a pensar que otras regiones se ven beneficiadas del factor turismo. Sin embargo, podemos encontrar áreas de interior con un mejor comportamiento que Aragón (además, el turismo también está favoreciendo a nuestro territorio).
Hace un año, en esta misma tribuna, identificábamos la vivienda como un riesgo y un reto mayúsculo. Un año después, el precio de compra ha aumentado un 12% y el del alquiler un 10%. Es un mal que afecta a todos los territorios de España por igual, pero sobre el que, en Aragón, tenemos que poner un especial foco, ya que las inversiones anunciadas van a tensionar el mercado de trabajo y el mercado de la vivienda. En términos económicos no podemos arriesgarnos a perder oportunidades por falta de mano de obra -derivada de la inaccesibilidad a la vivienda- y en términos sociales, no podemos resignarnos ante un lastre social de este calibre.
La dispersión geográfica de Aragón y el abandono de los entornos rurales siguen sin ser atendidos; como ocurre con la vivienda, además de ser una cuestión de justicia social, también tienen un serio impacto en el gasto público.
Terminaré con un aspecto que merecería estar entre los factores de optimismo, porque debemos reconocer que la buena situación actual también es fruto de una sucesión de gobiernos regionales estables y responsables. No obstante, figura en este bloque de riesgos porque si perdemos la estabilidad gubernamental, el proyecto de región se puede ver en peligro.
Como conclusión, la inercia de los próximos años nos llevará a vivir cómodamente y sin sobresaltos, pero se van fraguando retos estructurales que de no ser atendidos pueden lastrar nuestro futuro económico y social.
Publicado en El Heraldo