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El mantenimiento luce poco; la paradoja de la ola digital

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Artículo escrito por Manuél Márquez y Arturo Collins - EY Sector Público

La verdadera modernización digital del Sector Público no se medirá solo por cuántos nuevos proyectos lanzamos, sino por la capacidad de mantenerlos seguros, actualizados y útiles en el tiempo

El sector público español ha vivido durante los últimos años una ola de inversión sin precedentes en tecnologías emergentes. El Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia ha movilizado miles de millones para modernizar el Estado en todos los niveles (nacional, autonómico y local). Alrededor de un 29% de los recursos se ha reservado a la transformación digital, con la modernización de la Administración, la sanidad, la justicia o el empleo como ejes explícitos de actuación. España ha sabido aprovechar una ventana histórica de financiación para acelerar su agenda digital como no lo había hecho en décadas.

En esta nueva etapa, el foco ya no está solo en expandir la digitalización, sino en asegurar que los servicios implantados se mantengan fiables, seguros y disponibles a lo largo del tiempo, garantizando que las inversiones realizadas continúen aportando valor.

La lógica política y presupuestaria favorece la inversión inicial. El resultado, en muchos casos, ha sido una cartera de proyectos digitales que crece más rápido que la capacidad de las administraciones para operarlos y sostenerlos en el tiempo. La realidad es que la digitalización no se comporta como una obra de infraestructura clásica. En lo digital, la obsolescencia es acelerada, silenciosa y acumulativa. Cuando esto ocurre en decenas de sistemas, el problema deja de ser técnico para convertirse en estructural.

De acuerdo con referencias internacionales, entre el 15% y el 25% del presupuesto anual en tecnología debería destinarse al mantenimiento y evolución de los sistemas, cifra que en organizaciones digitalmente avanzadas puede llegar al 30%. En cambio, estimaciones habituales en España sitúan este porcentaje por debajo del 10%, lo que dificulta sostener el nivel de servicio esperado por ciudadanos y empresas.

Debemos tener en consideración que la transformación del sector público no puede entenderse como un ejercicio puntual: debe mantenerse y evolucionar para generar el impacto deseado en la vida de ciudadanos y empresas. Esto implica incorporar desde el principio una visión de continuidad, planificación de ciclo de vida y adaptación progresiva de los servicios, evitando que se produzcan brechas entre lo que se despliega y lo que realmente puede sostenerse.

Basta observar cómo pequeños fallos en plataformas administrativas, sanitarias o financieras pueden afectar a miles de personas, o cómo interrupciones breves generan retrasos en procesos esenciales si no existe una capacidad adecuada de seguimiento, actualización y respuesta.

Sistemas que se han sofisticado, interconectado y cargado de nuevas funcionalidades, pero cuyo dimensionamiento, redundancia, monitorización y mantenimiento no han crecido al mismo ritmo. Cada nueva aplicación, módulo o integración es una línea más en la factura de mantenimiento… casi siempre invisible en la fase de diseño.

La agenda digital del sector público ya no es solo un asunto de eficiencia administrativa: es un asunto de seguridad nacional. La frontera entre “sistemas de gestión” tradicionales y lo que debemos considerar “infraestructuras críticas” es cada vez más difusa. En este contexto, el mantenimiento deja de ser una partida menor para convertirse en un elemento de resiliencia operativa.

Por eso, hablar de mantenimiento en 2026 es hablar de defensa y ciberresiliencia. Las agendas europeas y nacionales insisten en la importancia de sistemas que puedan resistir y recuperarse ante cualquier incidente, algo que solo es posible si el mantenimiento se concibe como parte integral del diseño y no como un elemento accesorio.

La resiliencia del sector público se apoya en su capacidad tecnológica, en la preparación de sus equipos y en una financiación estable que permita sostener la operación. Se trata, en definitiva, de contar con sistemas manejables, procesos claros y recursos suficientes para anticipar, detectar y resolver problemas antes de que impacten en el funcionamiento general.

El Plan de Recuperación ha actuado como una gran ola tractora, acelerando proyectos que de otro modo habrían tardado años en arrancar. Pero toda ola necesita continuidad. Si no se refuerzan los recursos destinados al mantenimiento y evolución, podrían aparecer señales de degradación en sistemas clave, dificultando la prestación de servicios y generando tensiones en áreas críticas.

Por ello, es fundamental avanzar hacia modelos de planificación que incluyan desde el inicio el ciclo completo de los servicios digitales. Del mismo modo que se financia su creación, debe reservarse de manera explícita un porcentaje estable del presupuesto anual —idealmente entre el 15% y el 25%— para su mantenimiento y mejora continua. La reutilización de plataformas y la reducción de duplicidades también contribuyen a reforzar esta sostenibilidad.

En definitiva, la verdadera modernización digital del sector público no se medirá solo por cuántos nuevos proyectos lanzamos, sino por la capacidad de mantenerlos seguros, actualizados y útiles en el tiempo. Y eso exige invertir en lo que no se ve pero lo sostiene todo: el mantenimiento.

Artículo publicado en El Economista

Resumen

El sector público español ha impulsado una fuerte digitalización gracias al Plan de Recuperación, destinando cerca del 29% de los fondos a este fin. El reto actual ya no es crear nuevos sistemas, sino garantizar su mantenimiento, seguridad y disponibilidad a largo plazo. En España se invierte menos del 10% del presupuesto tecnológico en mantenimiento, muy por debajo de las recomendaciones internacionales. La falta de planificación del ciclo de vida digital provoca riesgos estructurales, fallos en servicios clave y problemas de resiliencia. La verdadera modernización pasa por invertir de forma estable en el mantenimiento y evolución de los sistemas digitales.

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