- La industria del automóvil. El caso del automóvil es el más nítido. El diésel, que rozaba la mitad de las matriculaciones europeas a mediados de la década pasada antes del Dieselgate, se ha desplomado hasta un escaso 8,9 % de cuota de mercado en 2025 (ACEA, 2026). En el camino contrario, el coche eléctrico de batería pasó de ser una rareza testimonial (menos del 1 % de las ventas) a alcanzar el 17,4 % del mercado de la UE en 2025, superando al diésel ya en 2023 (ACEA, 2026). A comienzos de 2026 los eléctricos rozaban el 20 % y los motores de combustión -gasolina y diésel juntos- habían caído por debajo del 31 %. Nadie obligó al consumidor a comprar un eléctrico a punta de pistola: simplemente era más eficiente, hubo incentivos… y la tijera se cerró.
- La industria de la Energía. Lo que ha pasado con el sistema eléctrico europeo es, sencillamente, una transformación estructural. La cuota de renovables en la generación subió del 34 % en 2019 al 47 % en 2024, mientras la de los combustibles fósiles caía del 39 % al 29 % (Ember, 2025). En 2024 ocurrió algo que hace veinte años habría parecido ciencia ficción: la energía solar superó al carbón en el conjunto de la Unión (Ember, 2025). Insisto en la idea, porque es la que da título a este artículo: esto no ha sido un coste. Ha sido una de las mayores reasignaciones de capital industrial de la historia reciente del continente.
Un ejemplo claro de cómo la energía afecta a la economía doméstica es la calefacción (de la caldera a la bomba de calor), que ofrece un matiz interesante, porque su tijera no es perfectamente lineal: las ventas europeas de bombas de calor tocaron techo en 2022, corrigieron en 2023 y 2024 -al abaratarse el gas y recortarse las ayudas- y se recuperaron en 2025 (EHPA, 2026). Pero el dato de fondo es contundente: en Alemania, la bomba de calor batió un récord histórico en 2025, al representar por primera vez cerca del 50 % de los generadores de calor vendidos, por delante del gas; y aunque el mayor mercado europeo por volumen sigue siendo Francia, fue precisamente Alemania el país de mayor crecimiento del continente (EHPA, 2026). Y conviene recordar una cosa: casi cada bomba de calor instalada sustituye a una caldera fósil. La sustitución, otra vez, es estructural.
- La industria del acero. En el acero, el material por excelencia de la vieja industria, los siderúrgicos europeos planean retirar en la próxima década más de 50 millones de toneladas anuales de capacidad de alto horno y carbón para sustituirla por más de 70 millones de toneladas de acero bajo en carbono, fabricado con hidrógeno verde (OPIS, 2025).
- Otros sectores: iluminación, bicicleta y moda. Hay otros sectores en los que la sostenibilidad también ha impactado sustantivamente. En lo que respecta a la iluminación, la directiva europea de ecodiseño fue retirando del mercado las lámparas incandescentes y halógenas, y el LED pasó de una penetración del 45 % en 2019 al 74 % en 2023 en mercados de referencia (Comisión Europea; análisis de mercado, 2025). Respecto de la bicicleta, la e-bike se ha convertido en la opción dominante: en Alemania ya supone el 53 % de las ventas de bicicletas nuevas (ZIV, 2024). Y, en la moda, la segunda mano y la reventa se han convertido en una oportunidad de negocio en toda regla: el mercado mundial de moda y lujo de segunda mano podría alcanzar los 360.000 millones de dólares (≈309.000 M€) en 2030, creciendo en torno al 10 % anual, unas tres veces más rápido que el mercado de moda nueva, empujado por plataformas como Vinted (Boston Consulting Group y Vestiaire Collective, 2025). A esto se suma un cambio cultural que no es menor: en las grandes ciudades europeas, más del 30 % de los conductores jóvenes ya utiliza servicios de coche compartido (Statista, 2025); la propiedad deja paso al acceso.
¿Por qué ocurrió este cambio? La respuesta es sencilla: porque convergieron tres fuerzas, no una. La sostenibilidad no disrumpe un sector por arte de magia ni por la sola fuerza de un reglamento. Disrumpe cuando se alinean tres fuerzas a la vez. La primera es la regulación: el empujón normativo que prohíbe lo viejo o premia lo nuevo -el final del halógeno, los objetivos de emisiones de los fabricantes, el precio del CO₂-. La segunda, y la más decisiva, es la tecnología y su curva de costes: la electricidad solar fotovoltaica se ha abaratado de tal manera en quince años que hoy es, en buena parte del mundo, la fuente de generación más barata jamás construida; algo parecido ha pasado con las baterías. Y la tercera es la demanda: el cambio cultural del consumidor, que primero acepta y luego exige alternativas más eficientes.
Por tanto… ¿Qué tienen en común el coche, la electricidad, la calefacción, la bombilla, la bici, la moda y el acero? Que hace veinte años nadie en su sano juicio habría apostado por que la sostenibilidad fuera a reordenar sus cuotas de mercado. Y, sin embargo, lo ha hecho. Lo que ayer era activismo, hoy es cuenta de resultados.
¿Qué podríamos ver en los próximos 20 años?
Hasta aquí, terreno firme: lo que cuento ya ha pasado. A partir de aquí, terreno especulativo: la prospectiva. Y aquí toca una advertencia de rigor intelectual, porque no todas las apuestas de futuro pesan lo mismo. Algunas se apoyan en proyecciones de Agencias Internacionales; otras en estimaciones de think tanks y consultoras, cuyas cifras bailan enormemente según la fuente; y otras están todavía en fase de laboratorio.
Para evaluar estas proyecciones, propongo usar el mismo barómetro de antes: ¿están las tres fuerzas (regulación, tecnología y su curva de costes, y demanda) alineándose? ¿Hay regulación que empuje, una curva de costes que vaya en la buena dirección y una demanda que despierte? Donde las tres apuntan en el mismo sentido, la disrupción es cuestión de cuándo, no de si la llegaremos a ver. Donde falta alguna, conviene rebajar la euforia. Con ese criterio, ordeno lo que viene de lo más maduro a lo más incierto.
- Las energías renovables. La Agencia Internacional de la Energía (IEA) prevé que la capacidad renovable mundial crezca casi 4.600 GW entre 2025 y 2030, el doble que en el quinquenio anterior, con la energía solar aportando cerca del 80 % de esa expansión (IEA, 2025a). Esto acercaría la capacidad acumulada a los 9.000 GW, camino del objetivo internacional de triplicarla hasta los 11.000 GW (IRENA, 2025). De cara a 2040, los escenarios de la IEA sitúan a las renovables como la primera fuente de generación eléctrica del planeta. Si la primera parte de este artículo iba de cómo las renovables superaron a los fósiles en Europa, la segunda parte de la historia ya está escrita: van a sacarles una distancia cada vez mayor.
Y hay aquí un círculo virtuoso que no conviene pasar por alto, porque es la clave del próximo ciclo. Todo lo que vimos en la primera parte (el coche eléctrico, la bomba de calor, el acero verde) tiene un denominador común: electrifica usos que antes quemaban combustibles fósiles. Es decir, dispara la demanda de electricidad. Y esa demanda creciente solo puede cubrirse, de forma competitiva, con un mix energético más barato. Según la International Energy Agency (IEA), en su World Energy Outlook 2024 (IEA, 2024), el mix energético global gana peso limpio y pierde dependencia fósil. La velocidad la marcará la ambición política; la dirección, no: es irreversible. El resultado será un sistema energético progresivamente más limpio, más electrificado y menos expuesto a la volatilidad del petróleo, el gas y el carbón. En definitiva, la transición no solo responde a una exigencia climática, sino también a una lógica económica: avanzar hacia un mix más eficiente, más barato y más resiliente.
La gran incógnita técnica de los próximos veinte años no será tanto generar electricidad limpia, eso ya sabemos hacerlo barato, como almacenarla y gestionarla: baterías, redes inteligentes, gestión de la demanda. Quien resuelva el almacenamiento a escala dominará la energía del siglo. Ahí es donde yo pondría hoy buena parte de la atención inversora.
- La molécula verde. La «molécula verde», el hidrógeno producido sin emisiones y sus derivados: amoníaco verde, metanol verde, combustibles sintéticos, es la apuesta más ambiciosa de la clean tech y, también, la que mejor ilustra la distancia entre el relato y el dato. En 2024, la producción mundial de hidrógeno rozó los 100 millones de toneladas, pero menos del 1 % fue bajo emisiones (IEA, 2025b). La cartera de proyectos se ha recortado: de 49 millones de toneladas anuales potenciales para 2030 estimadas hace un año, a 37 millones en 2025. Y, si se cuentan solo los proyectos con decisión de inversión firme, la cifra realista cae a 4,2 millones de toneladas en 2030 (IEA, 2025b). Mi lectura, en modo negocio, es prudente: la molécula verde será decisiva para descarbonizar lo que no se puede electrificar (acero, química, transporte pesado), pero quizá requiera más tiempo.
- Las tecnologías de captura de carbono (CCUS). Las tecnologías de captura de carbono (CCUS) están pasando de nicho a componente central de la descarbonización industrial. La capacidad mundial de captura superó los 50 millones de toneladas de CO₂ al año en 2025 y, según la cartera de proyectos anunciados, podría multiplicarse por diez hasta unos 430 millones de toneladas en 2030 (IEA, 2025c). La captura directa del aire (DAC) es todavía un bebé: pasaría de apenas 0,01 a unos 3 millones de toneladas en 2030 (IEA, 2024). Soy de natural prudente con quien presenta la captura como la bala de plata que nos permite seguir emitiendo igual; creo que no lo es. Pero, para los sectores difíciles de abatir, será una pieza imprescindible del puzle.
- Otras apuestas de futuro. Una vez presentadas las líneas de futuro más consolidadas, entramos en el terreno donde la prudencia debe multiplicarse, porque solo contamos con una dispersión enorme entre fuentes o con tecnologías en fase piloto. Pero precisamente por eso son fascinantes.
- Agricultura regenerativa. Cultivos de cobertura, mínimo laboreo, rotaciones, ganadería integrada: prácticas que restauran el suelo y secuestran carbono. La FAO estima que podrían capturar hasta 3 gigatoneladas de CO₂ al año (FAO, s. f.), y la superficie mundial bajo estas prácticas pasaría de unos 320 a 500 millones de hectáreas en una década (Global Insight Services, 2024). En la UE, el motor es regulatorio y de mercado a la vez: el objetivo del 25 % de superficie ecológica para 2030 y, sobre todo, los compromisos de compra de grandes compañías de alimentación. Cuando Nestlé o PepsiCo comprometen millones de hectáreas en sus cadenas de suministro, la sostenibilidad deja de ser un cartel y se convierte en una cláusula de aprovisionamiento.
- Plásticos compostables. Según European Bioplastics, la capacidad mundial de producción de bioplásticos de base biológica se duplicará, de 2,31 millones de toneladas en 2025 a unos 4,69 millones en 2030 (European Bioplastics, 2026). Parte de un punto modesto (apenas el 0,5 % de todo el plástico que fabricamos), pero la regulación europea de envases, al fijar contenidos mínimos de base biológica, crea una demanda que antes no existía.
- Asfaltos inteligentes. Pavimentos que sellan sus propias microfisuras mediante fibras conductoras, microcápsulas con agentes rejuvenecedores o incluso bacterias, alargando la vida de la carretera y reduciendo el coste y la huella de su mantenimiento. La base científica es sólida (los pilotos de la Universidad de Delft llevan más de una década en carreteras neerlandesas), pero su mercado solo se mide por estimaciones que oscilan, según quién las firme, entre apenas mil y casi catorce mil millones de dólares para mediados de la próxima década (Spherical Insights, 2025). Tómese, pues, como orden de magnitud, no como verdad revelada.
- Biocemento, hormigones vivos y materiales carbono-positivos. Aquí la frontera de la innovación se vuelve casi poética: cemento fabricado por microorganismos en lugar de por hornos a 1.450 °C; hormigón con bacterias que rellenan sus propias grietas; y, sobre todo, materiales que dejan de ser neutros para convertirse en sumideros de carbono (pavimentos, áridos y fachadas que fijan CO₂ de forma permanente por mineralización, o fachadas con microalgas). El potencial teórico es enorme: distintos análisis cifran en hasta 1,4 gigatoneladas anuales el CO₂ que la mineralización podría almacenar en el hormigón hacia 2030 (Center for Climate and Energy Solutions, s. f.). Pero seamos rigurosos: el uso real es todavía marginal, el mercado de los «materiales de construcción vivos» se mide aún en cientos de millones, no en miles (Grand View Research, 2024), y faltan evaluaciones de ciclo de vida independientes que validen muchas de las afirmaciones de «carbono negativo» que circulan.
- Energía osmótica. Y termino con la más exótica: la energía «azul», que aprovecha el gradiente de salinidad allí donde el río dulce se encuentra con el mar salado. Su potencial prácticamente extraíble se estima en unos 625 TWh al año, en torno al 2-3 % de la electricidad mundial (Alvarez-Silva et al., 2016). El Foro Económico Mundial la situó entre las diez tecnologías emergentes a vigilar en 2025 (World Economic Forum, 2025), y la planta piloto OsmoRhône arrancó en el Ródano a finales de 2024. Su despliegue comercial, sin embargo, está más allá de 2030. Hoy es una promesa de laboratorio; pero también lo era el coche eléctrico en 2005.
Conclusión: la pregunta incómoda
Si han llegado hasta aquí, habrán notado que no he hablado de salvar el planeta ni de justicia climática, que son discursos legítimos, pero no son los que más pueden ayudar hoy entrar en las salas de los Consejos de Administración. He hablado de cuotas de mercado, de capacidad instalada, de decisiones de inversión y de cuenta de resultados. Lo he hecho a propósito, porque creo que la mejor defensa de la sostenibilidad, en estos tiempos de polarización, es la más fría: la del dato económico.
Y el dato económico dice algo que debería quitarle el sueño a más de un comité de dirección. La historia de los últimos veinte años no es la de unas empresas virtuosas que decidieron ser sostenibles; es la de unos sectores que fueron disrumpidos por la sostenibilidad, les gustara o no. El diésel no cayó porque los fabricantes quisieran; el carbón no se hundió en el mix eléctrico por convicción; la caldera de gas no pierde cuota en Alemania por idealismo. Cayeron porque apareció una alternativa que, antes o después, resultó mejor negocio.
Por eso me preocupa que el debate público de estos últimos tiempos se haya estrechado tanto. Discutimos con pasión sobre el euro que cuesta medir la sostenibilidad (el coste del reporting, la carga burocrática, la simplificación de la CSRD); pero, mientras tanto, perdemos de vista los millones que cuesta no gestionarla: el coste de quedarse en el lado equivocado de la tijera. Simplificar la regulación es necesario, no lo discuto. Pero confundir la simplificación con frenar la transición sería un error estratégico de primer orden, porque la transición ya no la dirige Bruselas: la dirigen las curvas de ingresos y costes y, sobre todo, el consumidor. Y esos dos no atienden a trílogos ni a debates parlamentarios.
Y aquí es donde entra la responsabilidad de quienes dirigen empresas. Si algo enseña la historia de estos veinte años es que los sectores no se disrumpen de golpe: se disrumpen despacio, casi imperceptiblemente, hasta que un día las dos curvas se cruzan y ya es tarde para reaccionar. Cuando el diésel pasó del 52 % al 9 %, no hubo un solo año dramático; hubo diez años de erosión que muchos prefirieron no ver. El verdadero riesgo para una compañía no es la transición; es la negación de la transición. Y la negación, en modo negocio, tiene un nombre muy preciso: pérdida de cuota de mercado.
Así que la pregunta que dejo abierta no es si la sostenibilidad seguirá disrumpiendo sectores en los próximos veinte años: lo hará. La pregunta es una mucho más incómoda y mucho más personal: ¿en qué lado de la tijera está hoy su empresa? ¿En la curva que sube o en la que baja? Porque, como hemos visto, la tijera no espera a que nadie tome una decisión en un consejo de administración. Simplemente, se cierra. Y los impactos de la sostenibilidad son muy tangibles.