Durante los últimos años, los mercados financieros han estado dominados principalmente por variables monetarias y económicas: crecimiento, inflación, tipos de interés y beneficios empresariales. Sin embargo, en 2026 el escenario global ha cambiado profundamente. Hoy, la evolución de los activos financieros depende no solo de la política monetaria o de la situación económica, sino también de la geopolítica, la seguridad energética e incluso de la fragmentación económica mundial. Este nuevo entorno está obligando a redefinir tanto las decisiones de inversión como las estrategias corporativas, obligando a los agentes económicos a adaptarse a un nuevo ciclo económico menos sincronizado y más dependiente de factores estructurales.
Los factores geopolíticos y la denominada inflación energética se han consolidado hoy en día como dos de los principales factores de riesgo estructural, dando lugar a que los inversores exijan una nueva “prima geopolítica” para valorar activos, regiones y divisas. Este fenómeno está redefiniendo la forma en la que los mercados, las empresas y los bancos centrales están interpretando el riesgo.
Durante los primeros meses del 2026, la economía global ha demostrado una resistencia superior a la que cabría esperar ante un shock energético de gran magnitud. El último informe del FMI del mes de abril ya señalaba que antes de la intensificación del conflicto en Oriente Medio, la economía mundial se apoyaba en condiciones financieras acomodaticias, inversión tecnológica, política fiscales y monetarias de soporte y cierta normalización comercial; el nuevo shock ha alterado esa trayectoria mediante precios de materias primas más altos, expectativas de inflación más firmes y condiciones financieras más tensas
Este nuevo escenario está teniendo un impacto regional asimétrico, lo que supone un nuevo desafío para la economía global. EE. UU. y demás países productores de petróleo, gas o materias primas son capaces de absorber este shock energético teniendo un impacto económico propio limitado. Otras zonas como Europa, Japón, China o Reino Unido están más expuestas por su dependencia al exterior siendo, por lo tanto, más vulnerables y sufriendo el consecuente impacto económico negativo.
La disrupción de las cadenas de suministro de petróleo, gas y otras materias primas ha generado una tensión muy elevada en los precios permitiendo que la inflación vuelva a niveles superiores al 3%, aumente los costes de producción y afecte negativamente a los ratios de consumo e inversión. Por lo tanto, las perspectivas globales de crecimiento van a ser más bajas de las estimadas inicialmente. Sufriendo más los países “dependientes” que los que se auto abastecen.
El principal cambio que se observa en la inflación es que ha dejado se ser únicamente un fenómeno de demanda o de salarios para volver a incorporar un componente claro de oferta. Los manuales y la historia nos recuerdan que subir los tipos de interés en estas circunstancias no es lo más apropiado. La solución pasa por la política fiscal, el gasto público y subvenciones. Instrumentos que hoy en día son difíciles de aplicar ante el alto deterioro de las cuentas públicas en la mayoría de los países. Por lo tanto, nos preocupa que los bancos centrales empiecen a subir los tipos de interés, como hicieron en 2011, y se produzca un enfriamiento excesivo no deseado de las economías con expectativas recesionarias. El Banco Central Europeo, con el tipo de depósito al 2%, se lo está pensando. La Reserva Federal USA, con tipos al 3,75%, ya no piensa en bajar sino más bien en mantenerlos en función de la evolución de los acontecimientos. Los mercados de futuros dan una probabilidad, en ambos casos, de un 30%-40% para una subida en el verano. En paralelo, el mercado interbancario muestra cierto tensionamiento y anticipa dos subidas este año. El Euribor a 12 meses se acerca al 2,85% y en EE. UU. al 4,15%.
El mercado de renta fija también anticipa posibles subidas de los tipos oficiales, observándose una fuerte presión vendedora que ha llevado a las rentabilidades a máximos no vistos desde 2013. La rentabilidad del bono americano a 10 años alcanza el 4,57%, el benchmark de la zona euro 3,10% o el de Japón 2,76%. Estas rentabilidades empiezan a ser muy interesantes e incluso una alternativa a la inversión en bolsa, que dado los máximos que ya ha cotizado cada vez anticipa una menor rentabilidad en el futuro.
Con relación al mercado de divisas la incertidumbre y la baja volatilidad está permitiendo rangos de fluctuación muy limitados para las principales paridades. El dólar USA está manteniendo una posición de cierta fortaleza beneficiándose tanto de su condición de divisa refugio como de la positiva evolución de sus indicadores económicos. En contraposición, el bajo perfil económico de la zona euro unido a sus bajos tipos de interés, tampoco favorecen al euro en los mercados. Los operadores mantienen su opinión sobre una cierta estabilidad cambiaria entre 1,1500 – 1,1850 USD/EUR hasta el próximo verano, fecha a partir de la cual se considera que podría estar resuelto el conflicto de Oriente Medio y devolver al dólar USA a sus niveles precrisis situados entre 1,1800 y 1,2000. En paralelo, durante los últimos meses el yen japón ha cotizado mínimos históricos en 160 por USD equivalente a 187 por EUR, dando lugar a intervenciones de las autoridades japonesas en defensa de su moneda. La libra esterlina pasa desapercibida a pesar de sus problemas políticos y económicos. Hay que destacar que las únicas divisas que se han apreciado frente al USD han sido las latino americanas, sobre todo el peso mejicano y real brasileño, así como el yuan chino que ya cotiza 7,88 por USD desde 8,35 a principios de año.
El precio del brent, gas, metales y resto de materias primas han entrado en una espiral alcista no vista en los últimos años. El problema de la disrupción de las cadenas de suministro ha creado una burbuja que va a ser difícil de resolver. Los inventarios y reservas estratégicas empiezan a descender sin haberse resuelto los problemas de oferta ya conocidos. Para este año, los analistas no ven una normalización del mercado y si consideran la necesidad de realizar reformas estructurales que faciliten la oferta y la demanda. He de recordar que, durante los últimos años, el alza de los precios de las materias primas no se ha visto posteriormente corregido hasta su punto de partida. Por lo tanto, debemos acostumbrarnos a precios por encima de la media de los últimos años.
Como conclusión, no va a ser un resto de año fácil. Va a ser un periodo de gestión de riesgos y defensa de objetivos, en el cual la incertidumbre y confusión se va a mantener en los mercados. Para empresas y direcciones financieras la conclusión practica es clara: hay que revisar presupuestos y políticas de cobertura. En un entorno de crecimiento moderado, inflación más volátil y bancos centrales dependientes de los datos, la prudencia no significa inmovilismo, significa diversificar fuentes, cuantificar sensibilidades, anticipar escenarios y proteger márgenes, todo ello antes de que el mercado te obligue a hacerlo.