Un nuevo ecosistema competitivo
El anteproyecto incorpora nuevos actores: los Terceros Proveedores de Servicios. Con autorización del usuario, y previo registro y habilitación ante el Banco Central, podrán ofrecer soluciones basadas en el acceso y tratamiento de información financiera o prestar servicios de iniciación de operaciones a través de las interfaces del sistema.
Ahí hay espacio para agregadores de información, herramientas de gestión financiera, modelos alternativos de evaluación crediticia y servicios de iniciación de pagos.
Del otro lado, las instituciones alcanzadas como Proveedores de Acceso a Información deberán desarrollar y mantener interfaces interoperables y seguras. El cambio, entonces, no es solo tecnológico: los actores tradicionales tendrán que competir en un entorno donde la información circula con más facilidad, y los nuevos proveedores deberán probar que generan valor sin resentir la privacidad ni la seguridad de los usuarios.
Conviene, de todos modos, no leer esto solamente como una carga para las instituciones financieras. El régimen funciona en las dos direcciones: en la medida en que la regulación lo habilite, un banco también podrá acceder, con consentimiento del cliente, a información que hoy está en poder de un competidor. Eso altera la lógica de captación. Hasta ahora la ventaja la tenía quien concentraba la cuenta sueldo o el historial transaccional de una empresa; en adelante, esa ventaja pasa a ser disputable en ambos sentidos.
Las oportunidades son bastante concretas: procesos de alta de clientes más rápidos y con menos papeleo, modelos de riesgo alimentados con la foto completa de ingresos y egresos y no solo con la porción que ve cada institución, precios mejor ajustados al riesgo real y ofertas basadas en necesidades observadas en lugar de supuestos. En un mercado chico y concentrado como el uruguayo, donde la relación con el cliente suele pesar más que el producto, la pregunta relevante para cada institución no es tanto cómo cumplir con la norma, sino si va a usar el nuevo régimen para salir a competir o se va a limitar a abrir sus interfaces y esperar.
El rol clave de la regulación y la implementación
El diseño propuesto incorpora elementos alineados con las prácticas que el propio anteproyecto identifica como necesarias:
· consentimiento informado y revocable;
· prohibición del uso de credenciales financieras por terceros;
· interfaces estandarizadas y seguras;
· regulación, supervisión y vigilancia a cargo del Banco Central del Uruguay;
· implementación gradual;
· condiciones de acceso bajo criterios de transparencia y no discriminación.
Pero la experiencia internacional que cita la propia exposición de motivos muestra que la infraestructura, por sí sola, no garantiza los beneficios esperados. La efectividad dependerá de estándares técnicos comunes, reglas claras de consentimiento y revocación, protección de datos, seguridad y una gobernanza capaz de coordinar a los participantes. Y también de algo más terrenal: si compartir información resulta engorroso, si la propuesta de valor no se entiende o si las personas no confían en los nuevos proveedores, la adopción será marginal.
Una oportunidad cuya medida será la ejecución
Las finanzas abiertas son una oportunidad real para mejorar la eficiencia del sistema, promover la innovación y ampliar la inclusión financiera. Para las personas y las pymes, su valor estará en convertir información hoy dispersa en mejores decisiones y en evaluaciones más ajustadas. Para bancos, fintech y demás participantes, en definir a tiempo si el nuevo régimen será una obligación que se cumple o una herramienta con la que salir a competir.
El éxito, sin embargo, no debería medirse por la aprobación de la ley, la cantidad de participantes registrados ni el número de interfaces disponibles, sino por resultados concretos: que una persona pueda decidir mejor, que una pyme acceda a una evaluación de riesgos más adecuada y que aparezcan servicios capaces de resolver necesidades hoy mal atendidas. Abrir el sistema es el punto de partida. Lo que venga después dependerá de la ejecución del regulador, de las instituciones y de los propios usuarios, y de algo menos técnico, pero igual de decisivo: que quien entrega su información confíe en quien la recibe.