En diciembre de 1965, Milton Friedman —quien dedicó buena parte de su carrera a desmontar el intervencionismo y el rol del Estado en la economía— le regaló a la revista Time una frase que lo perseguiría por décadas: “en cierto sentido, todos somos keynesianos”. Cinco años más tarde, Richard Nixon la hizo propia. La ironía era evidente: los críticos más duros del gasto público terminaban bailando al compás del Estado.
Chile, más de medio siglo después, parece estar reescribiendo (nuevamente) la misma escena.
Kast llegó a La Moneda con el diagnóstico del “Estado en quiebra” y la promesa de un Gobierno de emergencia económica cuyo motor sería el sector privado: rebaja de impuestos corporativos, facilitación de permisos, recorte del gasto e invariabilidad tributaria a la inversión. En simple, reducir el Estado para dar paso a una potente y pragmática iniciativa privada.
Pero la realidad es el mejor antídoto contra el dogmatismo: un desempleo de 9,5% y un Banco Central que “puso la pelota al piso” con las expectativas, cifrando el crecimiento 2026 en un magro 0,25%-0,75, empujaron al Gobierno a un plan de reactivación keynesiano cuyo corazón es el gasto público.
Licitaciones más rápidas, inversión regional de ágil ejecución, pronto pago a proveedores y un paquete de US$200 millones para acelerar obras de construcción y vivienda hasta diciembre. El ministro Jorge Quiroz fue explícito en su preferencia, obras públicas antes que subsidios.
Y —nobleza obliga— hay que decirlo sin rodeos: es la decisión correcta. Y revela una flexibilidad que no abunda en gobiernos que llegan con el relato cerrado.
Para entender por qué conviene volver a la idea más famosa de Keynes: el multiplicador. En simple, cuando el Estado gasta $100 en una obra, esos $100 no se evaporan. La constructora paga sueldos y compra materiales; el trabajador contratado gasta parte de su salario en el almacén del barrio; el almacenero repone inventario y le paga a su propio proveedor. Cada vuelta es más pequeña que la anterior —una parte se ahorra, otra se va en impuestos, otra en importaciones—, pero la suma de todas supera el gasto inicial.
¿Cuánto? Depende de en qué se gasta. Un estudio publicado por el propio Banco Central (Fornero, Guerra-Salas y Pérez, 2019) estimó que en Chile la inversión pública tiene un multiplicador en torno a 2: cada $100 en obras, se generan cerca de $200 de actividad. Las transferencias —bonos, subsidios— rinden menos de 1. El gasto total, alrededor de 1.
Obras antes que bonos no es una preferencia ideológica, es aritmética.
Y el multiplicador rinde más cuando hay holgura. Con trabajadores desocupados y capacidad ociosa, el gasto público no desplaza a nadie, por el contrario, suma. Con casi uno de cada diez trabajadores buscando empleo sin encontrarlo, esa holgura sobra.
Quiroz lo resumió en una carta a El Mercurio (“ajustaremos la táctica todas las veces que sea necesario, pero no la estrategia”), y tiene razón en un punto: el gasto del Presupuesto 2027 crecería como máximo 1%, y el impulso se financia con el margen que dejó la contención del gasto operativo. No es un giro hacia el déficit. Es un giro en la composición del gasto.
Ahí aparece la primera valla: la escala. US$ 200 millones no alcanzan el 0,1% del PIB; aun con un multiplicador de 2, el efecto agregado bordea apenas una décima.
La segunda valla es la ejecución. El multiplicador solo existe si la obra se construye. Keynes podía ironizar sobre enterrar botellas llenas de billetes y dejar que el sector privado las desenterrara. Chile tiene que licitar, adjudicar, conseguir permisos y hacerlo antes de diciembre. Por eso la propuesta del doble o triple turno en obras ya en curso —surgida de la Mesa de Reactivación Laboral— apunta a lo correcto: no gastar más, sino gastar más rápido.
Friedman se quejó después de que lo citaran a medias, la frase completa agregaba que, en otro sentido, ya nadie era keynesiano. Al Gobierno le calza la versión íntegra. Usa las herramientas de Keynes sin adoptar su nombre, y está bien que así sea: la economía no exige confesiones ideológicas, exige resultados concretos y medibles.
El resto, como siempre, es música (o ideología).