El 24 de octubre conmemoramos el Día Internacional contra el Cambio Climático. Una fecha que nos recuerda que cada decisión —pública o privada— cuenta. Y en este contexto, Chile asumió un compromiso ambicioso hace años: alcanzar la carbono neutralidad al 2050. Un desafío que requiere tanto innovación tecnológica e inversión, como a su vez un factor menos tangible, aunque igualmente decisivo: la confianza.
La confianza es el cimiento sobre el cual se construye cualquier transformación profunda. Es lo que permite que las empresas inviertan, que los ciudadanos adopten nuevas tecnologías y que los distintos actores colaboren con una visión de largo plazo. Sin ella, los esfuerzos por avanzar hacia un modelo económico bajo en emisiones pueden verse entrampados por la incertidumbre, la falta de coordinación y la resistencia al cambio.
En este camino hacia la descarbonización, la electricidad juega un rol protagónico. Debemos verla no solo como un insumo, sino como un recurso confiable y seguro, capaz de reemplazar progresivamente a los combustibles fósiles y de transformar nuestra matriz productiva hacia un modelo más sostenible. Sin embargo, para que la electrificación se acelere, es fundamental que las tarifas sean razonables y predecibles, y que exista estabilidad en el marco regulatorio. Solo así se podrá fomentar la inversión en infraestructura, impulsar la innovación y garantizar la adopción masiva de energías limpias.
El proceso de transición energética requiere además una mirada sistémica. La confianza no se limita a la relación entre Estado y empresas; también debe construirse entre comunidades locales, instituciones financieras, fiscalizadores, centros de investigación y la ciudadanía. Cada actor tiene un rol en esta cadena de valor climática. Cuando alguno de ellos percibe incerteza o falta de coherencia, el riesgo aumenta y el proceso se ralentiza.
La confianza también se construye desde el conocimiento, y en este sentido, la sostenibilidad también es un ejercicio de pedagogía. Hoy, nuevos vectores energéticos como el hidrógeno verde son soluciones clave para descarbonizar sectores difíciles de electrificar —como la minería o el transporte—, pero aún enfrentan escepticismo y desconocimiento. La educación, la divulgación científica y la comunicación efectiva son esenciales para que la ciudadanía y los tomadores de decisión comprendan su potencial y acompañen su desarrollo.
Chile tiene una oportunidad única de liderar esta transición energética, pero la permisología ha atrasado diversos proyectos de hidrógeno verde, situación que pone en duda el cumplimiento de la meta de la descarbonización para 2050. El reciente caso de un proyecto que suspendió la tramitación ambiental de su iniciativa en Magallanes hasta 2026, y otro que extendió los plazos de su proyecto en Antofagasta por la cantidad de observaciones recibidas, reflejan la necesidad de trabajar en conjunto sin olvidar la meta. Debemos fortalecer la confianza entre empresas, autoridades y comunidades cuando de esto depende algo tan importante.
La descarbonización es una carrera de largo aliento. No basta con fijar metas ambiciosas; se requiere un compromiso sostenido, políticas coherentes y consistencia en el tiempo. La confianza en que las reglas del juego no cambiarán, y en que las decisiones serán estables y alineadas con la visión país, son esenciales para mantener el impulso. La acción climática no puede depender de ciclos políticos ni de burocracia innecesaria, debe ser una convicción compartida sobre el futuro que queremos construir.
En un año marcado por la COP30, que busca posicionar la importancia del Sur Global, Chile tiene la oportunidad de posicionarse como un referente en colaboración público-privada para acelerar la acción climática. Será un espacio para demostrar que la confianza puede ser el verdadero acelerador de la descarbonización: cuando los actores confían entre sí, los compromisos se transforman en inversión, innovación y progreso.