Comunicado de prensa
07 sept 2026  | Santiago, Chile

Musk y el fin del dinero

La jinete llega al club antes de que abran las oficinas. El aire huele a pasto húmedo y a cuero. Ensilla ella misma, porque ajustar los estribos es parte del rito. El caballo resopla, ella le habla bajo, y durante una hora no existe nada más que el compás de los cascos sobre la arena. Nadie le paga por esto. Al contrario, paga ella, y no poco. Hace un siglo, un animal como el suyo habría tirado un arado en el campo o un carro en el centro de la ciudad. Habría sido capital de trabajo, un activo con depreciación y rendimiento. Hoy no produce nada anotable en una contabilidad y, sin embargo, vale más que nunca. Lo que la jinete practica cada mañana es una actividad que la economía despidió hace cien años y que los humanos nos negamos a soltar.

Esa imagen ayuda a entender la predicción más radical escuchada este año. En julio, entrevistado por Zanny Minton Beddoes, editora de The Economist, Elon Musk afirmó que hacia 2036 el dinero podría dejar de importar. Su argumento es de una simpleza provocadora. Si la inteligencia artificial y los robots producen más bienes y servicios de los que cualquier persona puede consumir, el precio de casi todo tiende a cero y el dinero pierde su función. El trabajo, dijo, será como cultivar una huerta. Nadie necesita hacerlo, pero muchos querrán.

Es fácil descartarla como otra hipérbole. Más interesante es examinar la mecánica que la sostiene. El científico computacional Alexander Wissner-Gross, coautor junto a Peter Diamandis del ensayo Solve Everything sobre cómo alcanzar la abundancia hacia 2035, propone leer la historia económica como una larga cadena de sustituciones. Durante dos siglos, el capital fue reemplazando al trabajo, primero con máquinas de vapor, luego con líneas de montaje y software. Lo que viene ahora, sugiere, es el eslabón siguiente. La inteligencia artificial empieza a sustituir al capital mismo, porque la función histórica del capitalista fue asignar recursos escasos con mejor información y juicio, y eso es lo que estos sistemas hacen cada vez mejor. Por eso especula que los primeros reemplazados no serían los trabajadores sino los capitalistas, y que ya existirían empresas de ingresos millonarios dirigidas por algoritmos, con un ejecutivo humano en el directorio por razones legales.

Los datos le dan un piso sorprendente a la especulación. La firma de inversión Andreessen Horowitz bautizó como LLMflation uno de los fenómenos más deflacionarios jamás medidos en tecnología. Obtener de un modelo de lenguaje una calidad equivalente costaba sesenta dólares por millón de tokens en 2021 y hoy cuesta centavos, una caída de mil veces en tres años, más rápida que la del cómputo en la era del PC o la del ancho de banda en internet. La inteligencia, el insumo más escaso de toda la historia, empieza a arrendarse por hora como la electricidad.

La idea tiene, además, un linaje respetable. John Maynard Keynes imaginó en 1930 que hacia 2030 la productividad habría resuelto el problema económico, que trabajaríamos quince horas semanales y que lo haríamos más por gusto que por necesidad. Jeremy Rifkin describió la sociedad del costo marginal cero. Sam Altman propuso en Moore's Law for Everything que el precio de todo caerá como cayó el del cómputo, y que la respuesta no es gravar el trabajo sino repartir la propiedad del capital que produce.

Debemos si siempre mirar la otra vereda. El Nobel Wassily Leontief predijo en 1983 que el trabajo humano seguiría el destino del caballo, primero disminuido y luego eliminado, y cuatro décadas después el empleo no colapsó. Goldman Sachs estima que la automatización alcanzaría a un cuarto de las horas trabajadas, un desplazamiento enorme pero lejos del apocalipsis. Opera también la enfermedad de costos de Baumol, pues lo que no se automatiza, o lo que valoramos precisamente por ser humano, se encarece en términos relativos. Existen los bienes posicionales. La tierra en lugares exclusivos, la entrada al concierto, el estatus, son escasos por definición y ninguna inteligencia artificial los multiplica. Y opera la paradoja de Jevons, porque mientras el costo por token cae cientos de veces, el gasto total en inferencia se multiplicó varias veces, pues la inteligencia barata dispara demandas nuevas.

Por eso el escenario más plausible no es la muerte del dinero sino su estratificación. Una capa base desmonetizada, donde energía, alimentos, diagnóstico y educación cuestan casi nada. Una capa media de ingresos distribuidos desde los dividendos del capital automatizado. Y una capa superior donde el dinero sobrevive como sistema de puntuación para lo genuinamente escaso, la parcela frente al lago, la mesa del restaurante con meses de espera, el asiento en primera fila la noche del estreno. El desafío de la transición, quién es dueño de las máquinas y cómo se reparte lo que producen, sigue siendo un problema abierto de ingeniería institucional, no una sentencia.

La jinete desmonta, afloja los estribos, y premia al animal con una zanahoria. Su caballo fue despedido de la economía hace un siglo y ella lo reconquistó como deporte, como identidad, como forma de estar viva. Quizás el trabajo humano siga ese camino, el de la huerta de Musk y la arena del club. Si la abundancia llega de verdad, el gran desafío ya no será conseguir el dinero para vivir, sino descubrir qué actividades vamos a seguir haciendo cuando nadie nos pague por hacerlas.