De acuerdo con estudios mundiales el costo del fraude para las empresas incrementó de forma notable durante 2025. Según los 1.200 líderes empresariales encuestados por la red de inteligencia global TransUnion, se estima que un 7.7% en promedio de pérdidas de los ingresos anuales se relacionan al fraude durante el último año, lo que representa US $534 billones en pérdidas por este concepto.
El mismo reporte destaca que un 24% de estos altos ejecutivos indica que las estafas o fraudes fueron la principal fuente de pérdidas por fraude, seguido por un 20% que señala la apropiación de cuentas; y el fraude por identidad sintética (consiste en la creación de identidades parcialmente fabricadas que no corresponde a una persona real y se usan, por ejemplo, en estafas bancarias).
Estas cifras nos muestran el impacto que está teniendo este tipo de delitos dentro de las corporaciones a nivel mundial y en nuestro país. En este contexto, cabe hacerse la pregunta sobre el origen que tiene el fraude y si es algo que se hace de manera totalmente clandestina y en las sombras o si hay señales que se pueden detectar a tiempo para evitar que éste se siga desarrollando antes de que estalle un escándalo.
En más de dos décadas liderando investigaciones en distintas industrias aprendí que el fraude raramente ocurre en la oscuridad total. Casi siempre, alguien sabía, o al menos, sospechaba y, a pesar de ello, no dijo nada. El problema no es solo lo que se hace mal, es todo lo que se permite en silencio.
En 1973, en la Universidad de Princeton, se llevó a cabo un experimento que aún hoy es citado en las discusiones sobre ética organizacional.
A estudiantes de teología se les pidió atravesar el campus para dar una charla… sobre el “buen samaritano”.
En el camino, se les colocó una persona aparentemente herida, necesitada de ayuda. ¿El resultado? La mayoría no se detuvo. No por falta de valores, sino porque iban apurados y tenían que "cumplir con su agenda".
Lo mismo ocurre en las organizaciones. En una reciente investigación que lideré, el fraude detectado no era técnicamente complejo. Pero sí sorprendentemente sostenido en el tiempo. En las entrevistas, surgió una constante: “No era mi responsabilidad”
¿Qué permite que el riesgo se instale sin ser visto? La mayoría de los casos que hemos analizado tienen un patrón común como una cultura donde “no meterse” es más seguro que hablar; mandos medios que no se sienten empoderados para actuar; líderes que premian sólo resultados, no comportamientos; controles que existen en papel, pero no se ejecutan con convicción; y canales de denuncia que generan más desconfianza que protección.
Moraleja… la prevención real no depende sólo de procesos, sino también de la capacidad de la organización para detectar lo que no se dice.
Cuando las investigaciones llegan, el daño ya está hecho. El fraude ya ocurrió. El impacto reputacional es real. El clima organizacional, afectado. Y en muchos casos, todo pudo haberse evitado si alguien hubiese actuado a tiempo al detectar el hecho irregular o frente a la sospecha de su ocurrencia dentro de una compañía.
El mayor desafío del compliance hoy no sólo es tener mejores controles, sino también construir entornos donde la omisión deje de ser la opción más segura, porque prevenir no es gratis, pero reparar siempre cuesta más.
En definitiva, el fraude no prospera solo por fallas técnicas, sino por decisiones humanas. Romper el silencio exige liderazgo, una cultura organizacional fuerte, coherencia y coraje frente a estos escenarios para actuar antes de que el riesgo se transforme en crisis