D e acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 90% de las empresas en el país son de índole familiar. Entendemos por empresas familiares, aquellas organizaciones en las que una o varias familias son accionistas y, comúnmente, se encargan de la gestión del negocio, siendo uno de los objetivos el asegurar la trascendencia de la empresa en manos de las siguientes generaciones.
En un país en el que predomina la informalidad, la cual se acentúa en las mujeres debido a las brechas de género en el ámbito laboral con valores superiores al 50% —de acuerdo con el Monitor Mujeres en la Economía del Instituto Mexicano de Competitividad (IMCO)— y con ello el acceso a derechos laborales, resulta pertinente preguntarnos qué tan distinta es la participación de las mujeres en roles de liderazgo dentro de las empresas familiares.
Si bien no se dispone de mucha información —pues gran parte de estas empresas son privadas—, sí sabemos; por ejemplo, que el IPADE refiere que el 29% de las empresas familiares en el país son dirigidas por mujeres. De las empresas que cotizan en la Bolsa Mexicana de Valores, siendo las empresas familiares algunas de las más importantes, solo el 14% de los asientos en sus consejos son ocupados por mujeres, según un reporte del IMCO.
Parecería entonces que no tenemos una gran diferencia o una mayor y evidente equidad de género en las empresas familiares nacionales. Vale la pena aclarar que es muy distinto hablar de una PYME fundada por mujeres a aquellas empresas familiares grandes y consolidadas, en las que las mujeres del clan tienen una participación mínima o nula. Específicamente por lo que hace a estas últimas, que son la materia de este artículo, considero que este escaso involucramiento obedece tanto a factores estructurales externos muy arraigados que impiden la participación de mujeres (incluso o más aun aquellas propias de la familia), en la toma de decisiones de estas organizaciones, así como a cuestiones personales por las cuales algunas mujeres prefieren no implicarse y delegar estas decisiones a otros, en su mayoría hombres.
Recientemente se presentó un estudio sobre el impacto de la riqueza, elaborado una banca privada luxemburguesa, que muestra los resultados de diversas entrevistas realizadas a segundas o ulteriores generaciones de familias con patrimonios relevantes. Entre los hallazgos más relevantes destaca que:
- Existen, de manera general, dos tipos de actitudes por parte de los herederos: una enfocada en preservar la riqueza para la siguiente generación, en la cual los beneficiarios de la misma sentían la responsabilidad de ser custodios del patrimonio para las generaciones venideras; y una segunda en la cual las personas se consideraban creadoras de riqueza y creían que su deber moral era aprovechar las oportunidades otorgadas por la fortuna y hacer su propio esfuerzo para acrecentar los bienes familiares. En términos generales, las mujeres predominaban más en el primer grupo.
- Otro hallazgo es que quienes se ubicaban en el segundo grupo tendían a tomar posturas menos conservadoras que buscaran aumentar la riqueza familiar, ya sea incursionando en una nueva industria o innovando en el giro del negocio. Estos se sentían mucho más satisfechos y plenos con su vida, pues se sabían con la libertad y la capacidad de tomar sus propias decisiones y ser respetados por ello. Lo anterior hace pensar que existen dos mentalidades en los descendientes de personas acaudaladas: una de guardián o custodio y la otra de sentirse creadores de riqueza.
Pensé en las diversas ocasiones —en mis 22 años de trayectoria en temas de planeación patrimonial— en que he visto estructuras en donde los padres delegan a los hijos varones el manejo de los negocios y las decisiones financieras familiares, mientras que a sus hijas les aseguran ciertas rentas pasivas o les encomiendan los temas filantrópicos. Sin un afán de juicio —pues cada quien debe hacer con su vida lo que su voluntad le indique—, considero que esto es resultado de una herencia cultural en la que consciente e inconscientemente existía el mandato de que los temas de dinero no nos competían a las mujeres y que esas decisiones debían recaer en alguien supuestamente más versado, como el padre, el hermano, el esposo o algún otro hombre de confianza, con lo cual se perpetúo esta noción de que una mujer de estrato social elevado era una beneficiaria que solo custodiaba, pero que no era capaz o lo suficientemente asertiva como para poder crear riqueza individualmente.
Esto no es tan desconcertante si consideramos que fue hasta 1962 cuando, derivado de las reformas al Código Civil y de comercio mexicano, las mujeres pudimos abrir cuentas bancarias sin necesitar el permiso del padre o esposo, lo cual fue un paso importante para nuestra autonomía financiera.
Me reconforta saber que este arcaico mandato de género gradualmente está siendo retado y que cada vez es más común ver que las generaciones más jóvenes procuran la educación de sus hijas, desmontan estereotipos y dan más herramientas para que las mujeres se sientan y se sepan capaces de tomar decisiones sobre su propio patrimonio.
Este avance no solo es afortunado sino necesario, máxime considerando que en los próximos 20 años tendremos la denominada gran transferencia de riqueza, por virtud de la cual los baby boomers transmitirán a las siguientes generaciones, activos estimados entre 84 y 124 trillones de dólares, siendo las mujeres receptoras de gran parte de estos fondos, por lo cual es toral que cuenten con la autonomía suficiente para poder decidir sobre su patrimonio y, si es su voluntad, participar activamente en los negocios familiares, más allá de solo fungir como accionistas.
Aunada a esta educación en temas patrimoniales, financieros, de liderazgo y los particulares de la industria que les ocupe, es vital el concientizarnos para generar una mentalidad de crecimiento y abundancia, así como para tener la confianza suficiente de sabernos y sentirnos creadoras de riqueza. Esto nos alentará para tomar decisiones sobre nuestro patrimonio; y sean buenas o no tan acertadas, al final serán nuestras.
Bien sostiene Ayn Rand: “El dinero es una herramienta, te llevará a donde quieras ir, pero no te reemplazará como conductor”. Por ello, hoy más que nunca es importante tomar las riendas de nuestro destino y de nuestro patrimonio y llevar a cabo las acciones que nos acerquen más a nuestro propósito y que resuenen con quiénes somos. Asimismo, debemos encargarnos de educar a las siguientes generaciones de mujeres para que se empoderen y decidan abrazar la idea de ser las capitanas de su propio barco. El mundo lo agradecerá.